Cada vez que voy a una ciudad me gusta visitar su zoológico y hay sentimientos encontrados en un lugar como este.
A veces uno puede ver a pobres animales encerrados en hábitats ajenos a los suyos, pero otras veces es posible encontrar muchos estudios de conservación especies y fundaciones de protección dentro de ellos.
Fuera de todo cinismo no es razonable tener pena por un ave encerrada pero comer pollo, o pensar que esta mal consumir carne y dejar con hambre a los leones, o pensar que los animales deberían estar en libertad mientras trabajas o estudias hasta el estrés.
Es una profunda cuestión de ética que hay que tomar con pinzas.
Personalmente siento pena cuando veo en el zoológico de Buenos Aires a esos osos polares que salen en mis fotos con un gran edificio detrás, el ruido de los autos y el calor típico de verano que tiene la ciudad.
Pero la condición de ese oso no es la misma de las gallinas y cabras en Temaikén (Bs As) que viven de lo más saludables en una comunidad de animales cuyo destino no es acabar en un supermercado. Mucho menos la de las especies protegidas en cautiverio por zoólogos, biólogos y científicos que preservan y educan acerca de la protección de ciertos animales.
Pienso que si los zoológicos nos existieran muchos de nosotros nunca hubiéramos visto en nuestras vidas a un elefante, a un mono, o a una jirafa. Y cada vez que voy me doy cuenta de que es una experiencia fascinante para los niños, especialmente para aquellos que a lo largo de sus vidas toman la decisión de seguir carreras como la biología, veterinaria, zootecnia, o simplemente ser voluntarios en la protección de especies y animales.
Al menos, hablando por mí, siempre me han gustado los zoológicos que mantienen en buenas condiciones a los animales, aunque también me he encontrado con otros lugares que dejan mucho que desear y que parecen más cárceles inhumanas que lugares de preservación y educación.
De todas maneras, mi última visita al zoo me permite compartir estas fotos que acabo de tomar en el de Montevideo:
Click aqui para ver el set completo.



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Es verdad. Yo también tengo sentimientos encontrados en cuanto a los zoológicos. El album del zoo de Baires que tengo en mi Facebook se llama “zooilógico” porque así lo siento. Porque es eso mismo que vos señalas, un oso polar viviendo en plena Avenida del Libertador.
Pero si mirás con detenimiento las fotos que tengo publicadas, vas a ver algo más que animales, vas a ver la arquitectura de La Conquista. Imponentes edificios que hablan de la época en que Europa sale a nominar al resto del mundo.
Tanto los zoológicos, como los museos y los botánicos son producto de la época en que Europa sale a catalogar, clasificar, jerarquizar y nominar al resto del mundo. Y por eso estas estructuras imponentes que hablan de su poderío, donde albergan ejemplares de todas las formas vivientes que van encontrando en su camino. Son el muestrario de su conquista.
Quien nomina, domina.
Te dejo mi link por si querés ver a lo que me estoy refiriendo: http://www.facebook.com/home.php?#!/album.php?aid=2056220&id=1312471234
Hoy mientras caminaba hacia el trabajo, poco antes de las nueve de la mañana, por Puerto Madero, como todos los días, me vino a la mente este artículo y recordé estas palabras: “pensar que los animales deberían estar en libertad mientras trabajas o estudias hasta el estrés.”
Desde hace un tiempo que vengo sintiendo un sinsabor, un sinsentido: lucho todos los días por conseguir un título en una profesión que adoro, una profesión que se desarrolla al sol, en plena naturaleza, la arqueología. Pero en mi día a día, para sustentarme económicamente, debo dedicar prácticamente 50% de cada día a un trabajo que no me da placer, que no me gusta, que no me incentiva. Son nueve horas de mi vida, cinco de cada siete días, más las dos horas de viaje entre ida y vuelta, que se van invertidas en algo que a cuenta gotas me envenena.
Me levanto siempre a la misma hora, desayuno express, me visto con lo primero que encuentro y salgo como un autómata para cumplir un horario.
Miro a mi alrededor, la gente en el colectivo, y los veo a todos en una situación similar: más allá de las diferencias efectivas que pueda haber entre los pasajeros en cuanto a su puesto laboral, estamos todos “dentro de la misma bolsa”, todos en la misma situación, homogeneizados, no hay caras de felicidad, hay caras de sueño, de cansancio, de agotamiento. La gente va vestida con lo primero que encuentra. Observo la calidad de la ropa, del calzado, de las carteras… quizás las vacas que van en el camión jaula al matadero van más contentas por no ser conscientes de su destino.
Y lo que más me aterra de todo es ver que nadie repara en un hecho que es brutal: a las siete de la mañana estoy durmiendo en mi cama, tapada con mis frazadas, envuelta en mis suaves sábanas con mi cabeza hundida de una mullida almohada y una hora después estoy encerrada en un colectivo, apretada, sofocada, donde la mayoría de la gente está malhumorada y alterada cuando no son siquiera las nueve de la mañana!!! Y ahí estoy, salto de la cama al “bomdi” (colectivo) y me tengo que estar cuidando porque además de los trabajadores honestos viajan carteristas que aprovechan el amontonamiento para robar… y siguen sin ser siquiera las nueve de la mañana… El colectivero frena de golpe, nos caemos todos sobre todos, bocinazos, discusiones… y de ahí a encerrarme en al oficina, encadenada a un escritorio, con una cadena que a lo sumo me llega hasta el baño. Llego cuando el sol asoma, salgo cuando el sol se pone.
Esta mañana caminaba por Puerto Madero y recordé este artículo… esta mañana me pregunté qué era lo que me tenía últimamente tan mal… esta mañana encontré la respuesta: soy una persona que ama su libertad y que debe forzosamente, por necesidad, todos los días, meterse en una jaula del zoológico humano a hacer monerías para ganarse el pan…